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LA SOCIEDAD DEL MIEDO: CONFIGURACIÓN SOCIOCULTURAL Y POLÍTICA DEL PROYECTO DE MODERNIZACIÓN NEOLIBERAL EN LA TRANSICIÓN CHILENA (1990-1999)

En este trabajo se abordan las transformaciones culturales en Chile, en el proceso de modernización neoliberal en los años 90’s -específicamente entre 1990 y 1999. Esto en un contexto global de aceleradas transformaciones culturales dibujadas por el pensamiento neoliberal, en específico en lo relacionado con la demarcación entre democracia y autoritarismo, comunidad e individualismo y espacio de praxis política. Se pone especial énfasis a la pregunta por la legitimidad de los mecanismos coercitivos para sostener un modelo sin contrapeso que busca sostenerse en una sociedad del miedo.
PALABRAS CLAVE: MIEDO, COMUNIDAD, ESPACIO, DEMOCRACIA, NEOLIBERALISMO.

Eric Hobsbawn hablaba del período que va desde las guerras mundiales a la caída del muro como “un siglo corto”, en oposición al siglo anterior. Ese siglo corto configuró dos momentos de conflicto (Inicio de las Guerras mundiales y fin de la Guerra Fría, tras la caída del Muro de Berlín) con sucesivos enfrentamientos y un saldo brutal de víctimas. Tras la caída de ese orden, 1990 hace su aparición con un paradigma ya testeado en Chile (1978), Estados Unidos (1981) e Inglaterra (1982) y que tras 1989 buscaba -como un virus- la colonización completa del planeta. Así, podríamos entender que el siglo XXI parte adelantado, y el año 2000 sería más bien un simbolismo de cambio epocal. El mundo que aparece después de la caída del muro es el de la “aldea global”, “globalización”, “democracia”, que se expanden comunicacionalmente con Internet y la reconquista del imperio financiero, que había sido destrozado en el big crack de 1929. Pero en 1990, ya derrotado el socialismo no quedaba nada que negociar, solo bombardear con McDonalds en Moscú o con tiendas Adidas en algún mall del este de Berlin, que incluso sumará posteriormente en su catálogo imaginario a Fidel Castro como influencer. Esta transformación global se dio al mismo tiempo que el paso de dictadura a transición a la democracia en Chile. Mientras en 1989 el Muro de Berlín caía, en Chile también caía la dictadura para abrir paso a la transición chilena, que fue casi modelada para el desarrollo de las necesidades del modelo neoliberal. Para autores como Gabriel Salazar, Pinochet ya no era útil para la necesidad de expansión de la élite mercantil nacional y las necesidades de obtención de recursos de la élite transnacional. Puesto así, la defensa concertacionista del lema “en la medida de lo posible” queda totalmente debilitado en su dimensión ética. Es decir, la Concertación aplicó desde el principio el programa neoliberal a escala global, de una manera que Pinochet no podría haber hecho tanto por incapacidad técnica como por una mancha imposible de borrar en su calidad de genocida. 

En 1990 Chile entraba rápidamente a un programa de gobierno globalizado[1] que tuvo que coexistir con un mecanismo de “protección” política creado por el pinochetismo antes de entregar el mando. El modelo democrático chileno se relaciona con un modelo de democracia protegida inspirada en Carl Schmitt y en un liberalismo económico inspirado en Hayek, donde los espacios de libertad están predeterminados. Esta democracia de baja intensidad se estructura en un equilibrio arriesgado entre la invitación a la comunidad a participar en las esferas de acción del Estado pero marcando los límites estrictamente en la acción política.[2] Esto obliga a que la administración del gobierno tenga legitimidad suficiente para operar frente a grupos que se van empoderando en los espacios ofrecidos, y evitar que esa contención derive en un contexto de negación de la sociedad civil. En el caso chileno la experiencia democrática limitada a lo largo del tiempo y las exigencias económicas externas han llevado al país a ese punto medio de democracia donde se promueve la participación social, mientras por otro lado se delimita el poder ciudadano a una pauta prefijada. Por otro lado, la experiencia democrática es algo a lo que Chile a lo largo de su historia no ha estado muy acostumbrado, teniendo más bien desde el siglo XIX hasta 1990 una suma de experiencias dictatoriales, semi autoritarias o procesos de democratización inconclusos.[3]  Pero si bien en la década de los 90, en pleno funcionamiento de la “aldea global”, ya no era negocio hacer regresiones autoritarias con apoyo norteamericano en Latinoamérica o la península ibérica[4] si  se expandía en plena forma la configuración de una sociedad del miedo, que en última instancia obliga a una definición clara: ellos o nosotros.  

Si hay algo en común en los proyectos políticos neoliberales es la presentación de una “revolución” oligárquica que, casi como un escudo de legitimación, busca reimaginar la democracia desde paradigmas que apelan a la eficiencia, el emprendimiento y la subsidiariedad. Si consideramos el historial de procesos desde fines de los 70 hasta nuestros días puede que en detalle aquello sea bastante discutible, tanto en la forma como en el fondo.[5] Esa democracia neoliberal, desde la perspectiva historiográfica de Gabriel Salazar[6] estaría en el punto Huntington. Es decir, un diestro ejercicio de gobernanza, que promueve la “participación ciudadana” y el “ejercicio de la democracia” en niveles que permita siempre un ejercicio vertical del poder. Para Salazar esto se podría resumir en “poca democracia asegura gobernabilidad, mucha democracia, no”[7]. En el momento en que eso no es posible, o que la sociedad vaya más allá de lo prudente, tampoco será útil la democracia para la administración política neoliberal. Dado que el mejor escenario para el proyecto es una democracia restringida, una aventura autoritaria formal no es necesariamente una apuesta contemporánea atractiva para crear “reformas de shock”. Por eso la consolidación de “golpes de Estado blancos” ha resultado una impecable tercera alternativa para consolidar procesos de apertura de mercados en países que han puesto obstáculos al proceso.

Además de los enemigos externos, el individualismo remarcado en el período ha ido desdibujando la otredad, al punto de registrarlo potencialmente como amenaza. Es así como el miedo político se intercala con el miedo a ese otro que amenaza la propiedad privada.  Los medios de comunicación resultaron particularmente importantes tanto para generar una atmósfera de vigilancia panóptica como para, de manera análoga, brindar el soporte de las ideas neoliberales en el plano cotidiano.[8] Uno de los discursos más frecuentes para alinear el interés de los actores económicos del neoliberalismo usando al Estado es el factor del “terrorismo”. Acá el objetivo es avanzar en modificaciones normativas relacionadas frecuentemente con desregulación, que se expanden bajo un contexto de “amenaza terrorista”. El miedo resultante va creando “individualidades aisladas, anestesiadas y temerosas. Aisladas, porque impone el individualismo a ultranza desmantelando lo colectivo; anestesiadas, porque naturaliza diferentes prácticas de crueldad estatal y no estatal; temerosas, porque propicia la autopreservación a partir del miedo y la sospecha respecto a los otros.”.[9] El individualismo es clave en el dispositivo de control, por lo que diversos elementos mediáticos convergen en modelos publicitarios que superponen el goce personal y el abandono del foro público al altruismo y la vida colectiva. Al respecto, el sociólogoTomás Moulian sintetizó a fines de los años 90 en “El consumo me consume”, las bases de la dimensión cultural del modelo. ¿Se siente solo? Compre. ¿Siente rabia? Compre. ¿Siente miedo? Ya sabe qué hacer. Para lograr un mayor alcance, el endeudamiento fue fundamental a la hora de llevar a la práctica una compulsión hedonista que desplazara a la comunidad pero también fue clave para introducir el miedo en la misma propiedad privada. La tarjeta de crédito invitó a la población a buscar esa promesa televisada, pero a la hora de no cumplir con los pagos pactados, la institución pública y privada actuaría como bloque contra el ciudadano.  La acción colectiva pierde su función en su rol integrador, y se vincula identidad y consumo desde una perspectiva individualista. Y cuando esos sujetos aún no alcanzan ser parte de la “ciudadanía” (legitimada en la tarjeta plástica) o han sido expulsados de esta el resultado es la desintegración misma del sujeto con la idealización de lo colectivo. Así, sin optar a una socialización formal ni imaginaria, el sujeto neoliberal queda arrojado a una soledad ontológica.

El Estado es subyugado por el imperio mercantil, siendo jibarizado, reducido idealmente solo a funciones administrativas. Áreas que no son atractivas para el Mercado tampoco son necesariamente cubiertas por el Estado, debido a que el dogma exige que exista un equilibrio fiscal en el uso público de los recursos. El resultado es una sociedad económicamente desprotegida, cuya única aspiración en los tramos subalternos es un crecimiento económico constante con el fin de optar a ingresos suficientes para tener un superávit en el balance entre renta y pagos. O lo que se conoció como “teoría del chorreo”. Si bien en Chile el neoliberalismo tiene una dimensión propia, derivada de la restauración cultural conservadora en 1973 y en la renuencia de aceptar la libre competencia en pleno por parte de la élite económica, gran parte de los procesos de modernización neoliberales relatados han tenido paralelos similares en las distintas regiones donde ha funcionado.

A fines de la década del 90 la percepción de la ciudadanía con el proceso modernizador tenía características distintas a lo que se observaba en 1990. A fines de esa década, desde 1997 específicamente, un gran número de desempleados, endeudados debieron migrar a otras áreas de servicios o buscar emprendimientos, algo que se hizo mucho más agudo en el año 1998.[10] Esto resultaba sumamente complejo para el relato modernizador de transición, debido a que la base de este proyecto consideraba como objetivo la gobernanza y el crecimiento económico.

 La tecnocracia modela un amplio campo de consenso, tanto en la derecha como en el oficialismo, que apela a una racionalidad técnica para enfrentar un nuevo período, donde se plantea que el campo de lo político debe permanecer “protegido”, y que el campo de lo económico debe, de manera inversamente proporcional, ser liberado casi sin límites. Aún cuando en los debates políticos de fines de la década se trabajaba desde un sector la idea que “la política es para los políticos”[11] lo cierto es que el problema de la ciudadanía comenzaba a ser un dolor de cabeza cada vez mayor a la hora de pensar al país en perspectiva de mediano y largo plazo. “Nuevos ciudadanos” empiezan a pedir un relato que legitime simbólicamente sus vidas, allí donde el Estado y el Mercado no son suficientes. El nuevo ciudadano chileno se siente incómodo, pero no quiere renunciar a su modelo, que lo identifica –con mucha claridad- en el marco de único sistema posible. Para García de la Huerta “en la medida que los espacios de expansión natural de desarrollo democrático liberal se van cerrando (por el Estado, o por el Mercado) la figura que se desgasta no es ni el Estado en su función coercitiva ni el Mercado en su función modeladora. La reducción del Estado ha anulado el principal agente socializador, educador, modernizador y democratizador. El mercado, que sirve para detectar quienes puede consumir, al convertirse en criterio comodín para cualquier decisión, opera como un dispositivo de jerarquización y discriminación: divide la sociedad entre los que tienen y no tienen poder económico. Define, pues, una estrategia de privatización de poder y una política de exclusión; también de estabilización, pues las demandas políticas son neutralizadas con el consumo masivo por medio del crédito masificado”[12]

La discusión sobre los procesos de modernización entre 1990 y 1999 iría tomando forma en los siguientes años, a la par de una sucesión de conflictos sociales desde el año 2006, que tuvieron como lema el “cuestionamiento al modelo” desde diversas perspectivas: educación, salud, pensiones, etc. Frente al malestar acumulado y el riesgo que eso conlleva para lo que se expuso anteriormente como puntoHuntington desde la década del 2000 se comenzó a debatir desde la tecnocracia y la intelectualidad la necesidad de abordar el estancamiento estructural del modelo y se expuso la necesidad de cambios (constitucionales, entre otros) para mejorar la representatividad y calidad de la democracia, aunque todo esto en la medida de lo posible. Pero entonces ya tomaban razón los niños de la generación sin miedo, aquellos que nacieron en democracia y que fueron conducidos por la primera generación millenial (nacidos entre 1981 y 1989) a un cuestionamiento estructural de las bases del contrato social, que no se limitó exclusivamente al caso chileno. Primero fue el 2006, un incendio que fue extinguido parcialmente por la élite. Los estallidos del 2011 y 2013 fueron la mise en scene de la aparición política de la generación mencionada y el 2019 fue el paroxismo, donde aún con una élite en estado de negación, la sociedad decidió unilateralmente acabar su relación contractual con el modelo. Pero eso es, evidentemente, un tema para otro trabajo.




[1] A fines de ese año el PIB tuvo crecimiento nulo para al año siguiente pasar a un -2% de crecimiento, la cifra más baja vista desde la salida de la crisis del 80.

[2] Esta tesis fue defendida insistentemente por Joaquín Lavín en su candidatura presidencial.

[3] GARCÍA de la huerta, Marcos (1999), Reflexiones americanas, ensayos de intra-historia, Ed. Lom, Santiago


[4] En el momento de empezar el proceso de transición, Chile firmó numerosos acuerdos en materia de DDHH, respeto a los pueblos indígenas  y trabajadores , además de cumplir la libertad de prensa. Estos constituían el piso mínimo para que Chile fuera considerado una democracia.

[5] En la tesis de Salazar, el modelo neoliberal chileno se movería en lo que llama el punto Huntington: ofrecer una democracia limitada en oposición tanto a un Estado omnipresente como a una Democracia plena. Eso traería dos problemas, desde la perspectiva del autor: Un desborde civil exigiendo más democratización y un repliegue del Gobierno, bajando los límites de la Democracia hasta un punto tentativo de negación de la sociedad civil. Ver más en: SALAZAR, Gabriel “De la participación ciudadana: Capital social constante y Capital social variable” Proposiciones, n°28, Ediciones Sur, Santiago, 1998.

[6] GOMEZ Leyton, Juan Carlos “ Política, democracia y ciudadanía en una sociedad neoliberal Chile: 1990-2010” Editorial Arcis, 2010.

[7] LABRADOR Méndez, German “Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la Transición Española (1968-1986)” Akal, 2017.

[8] Al respecto ver aquella discusión en: KLEIN, Naomi “La doctrina del shock” Paidós, 2011.

[9] Citando la tesis del historiador Samuel Huntington

[10] SALAZAR, Gabriel “De la participación ciudadana: capital social constante y capital social variable”  CEME, 1998.

[11] CARDENAS, Juan Pablo “Un peligro para la sociedad” .Santiago de Chile: Random House Mondadori. 2009.

[12] CALVEIRO, Pilar  (2017) “Víctimas del miedo en la gubernamentalidad neoliberal” Revista de Estudios Sociales, (59), 134-138