Marc Bloch fusilado…

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Finalmente rompo el silencio, el doloroso silencio que guardo desde hace semanas. Ya no queda ninguna duda en mi espíritu. Marc Bloch, retirado el 16 de junio de 1944 de la celda en la que los alemanes lo habían encerrado, en primavera, en Lyon, en el siniestro fuerte de Montluc, fue fusilado con veintiséis compañeros, otros veintiséis franceses de buena cepa, detenidos, como él, por la Gestapo. Fue fusilado en un campo, en el sitio llamado “Les Russilles”, en el camino de Trévoux a Saint-Didier-de-Formans, a unos veinticinco kilómetros al norte de Lyon. 16 de junio de 1944: era el momento en el que el invasor sentía cercana su partida, “vaciaba las prisiones” y sembraba los campos, lejos de las ciudades, de cadáveres de patriotas asesinados sin juicio, cuya identidad se encarnizaba en destruir…
No ha llegado el momento de decir aquí ni que lo que fueron esos últimos meses de una vida llena de nobles trabajos, tan henchida de promesas descontadas por todos, ni lo que significa, en su conjunto, la obra de ese gran sabio, de ese alto espíritu que hacía tanto honor a esa Geleherte Europa que, antes, Alemania respetaba. Ya rendiremos a Marc Bloch el homenaje que merece, pero que no liberará ni nuestros espíritus ni nuestros corazones frente a él. Usaré entonces, para hacer más digno de él este comentario, la correspondencia que no habíamos dejado de intercambiarnos, él y yo, durante la guerra, tan libre como lo exigían nuestros humores, a pesar de las restricciones, tan frecuente como lo permitían las circunstancias. Por el momento no puedo más que registrar una pérdida, y qué pérdida si es cierto que, de todos nuestros grandes muertos de la Resistencia, Bloch es, quizás, el más grande por el espíritu, el más luminoso por la influencia, uno de los más fuertes también por su energía lúcida. Esta pérdida francesa… ya sé como se sentirá en el extranjero, donde hará nacer los mismos sentimientos de horror que en Francia…
En 1939, a pesar de su edad (iba a cumplir 58 años cuando murió), a pesar de sus altas funciones en la enseñanza, a pesar de tantas razones que tenía -tan luego él, magnífico combatiente de 1914- para mantenerse apartado de una movilización que ya no le imponía el estricto deber de partir, en 1939, muy simplemente, Marc Bloch había retomado el uniforme. Destinado a un cuartel general del ejército, se le había confiado una tarea pesada: la del dirigir y asegurar la distribución de combustible en una de nuestras grandes unidades de combate. Esa tarea la cumplió hasta el final con una autoridad, una maestría y, cuando fue necesario, con un coraje físico y moral ejemplares. Después de ello, exitoso en su intento de evitar el cautiverio, se unió a los suyos en el Centro. Fue para conocer pronto la amargura y la vergüenza de las persecuciones que inauguró sin disgusto un régimen que habría deshonrado a Francia si tal deshonor hubiera dependiendo de él. Inscripto por sus colegas en la lista de algunos miembros de la Enseñanza Superior que parecía que los alemanes, provisoriamente, no quería tratar exactamente como trataban, en conjunto, a todos aquellos que excluían de un “arianismo” que sus excesos, sus crueldades sádicas, sus abominables violaciones de los derechos más sagrados de la persona humana, tornaba tan execrable como fuera posible, Bloch se refugio, primero, en Clermont-Ferrand, en la ex Universidad de Estrasburgo refugiada en la ciudad de Pascal. Pasó luego a Montpellier donde, a pesar del mal recibimiento que le dispensó un personaje poco escrupuloso, enseñó en la Facultad de Letras hasta el día que el enemigo franqueaba su propia línea de demarcación y Bloch recibió de las autoridades locales el consejo de partir inmediatamente, cosa que hizo. Por ello, los personeros de Vichy le revocaron su permiso, y, como no retrocedían ante nada, lo incriminaron ¡”por abandono del puesto ante el enemigo”! No se sabía que Alemania, a la que servían dócilmente, fuera su “enemigo”. Entretanto, en París, los alemanes le habían robado toda su biblioteca: cuidadosamente empaquetada, guardada en cajas, fue trasladada hasta el último libro, como poco antes lo había sido la biblioteca de otro de nuestros grandes sabios y amigos, Henri Hauser. Y no estoy enumerando…
Entonces, Bloch abandonó la legalidad. A su edad, con su salud que no era para nada perfecta, con su aspecto lo suficientemente reconocible como para que le fuera difícil pasar inadvertido, se lanzó valientemente a esa vida clandestina de la Resistencia, de la que, para quien no la conoció, resulta imposible imaginar los peligros, las fatigas, las continuas alertas y también las satisfacciones. Debemos señalar que, en vísperas del armisticio, habría podido pasar a los Estados Unidos, como tantos otros. Se le ofreció. Podía decirse a si mismo que, libre, serviría a la causa de su país. Se las arregló, sin embargo, para que su partida fuera imposible. No podía dejar a su familia, a su país. Entonces, todo podía preverse, y fuimos muchos, entre sus amigos, los que lo prevenimos y los que, vanamente, se lo dijimos. Expulsado de Montpellier, en Lyon llegó a ser una de las cabezas del movimiento que, a pesar de las represiones salvajes, iba a ampliarse sin cesar. Y Bloch trabajó en él hasta el día en que fue capturado en una gran redada por la Gestapo.
Enviado al fuerte de Montluc, ese gran sabio, conocido y respetado tanto en el exterior como en su patria, ese hombre que honraba la ciencia y la humanidad, sufrió todos los ultrajes, todas las violencias que brutos sádicos y desencadenados infligían en frío a los patriotas. Bestialmente golpeado golpeado en el rostro, molido a golpes, las muñecas casi destrozadas, sometido al suplicio del baño helado, estuvo a punto de morir de bronconeumonía. En el hospital lo curaron. Volvió a prisión. Entre tanto, su mujer, que valientemente compartía sus peligros y esperanzas, murió súbitamente en Lyon. Uno de sus cuñados fue fusilado y su cuñada deportada. Sus hijos habían alcanzado África atravesando España o se escondían en Francia. En su celda, Marc Bloch permanecía calmo, sonriente y alegre. Sí, alegre. “Nos alentaba -cuenta uno de sus compañeros de cautiverio-, nos animaba, nos hablaba de Francia y de su pasado, nunca desesperaba…” Sin embargo, no se hacía ilusiones sobre la suerte que le esperaba. En Lyon se preocupaban por salvarlo, preparaban planes de evasión… Demasiado tarde. El 16 de junio de 1944, cuando vinieron a sacarlo de su celda para llevarlo a morir, muy lejos, en el anonimato, estaba listo. No ha muerto solamente como mártir de una patria cuya eterna grandeza él conocía mejor que nadie. Pensando en sus últimas cartas, en sus últimas conversaciones, en esa depuración continua de su pensamiento y sus sentimientos, quiero decir, y digo, que murió una muerte santa.
Está muerto. Y no llego a asumir plenamente lo que implican esas tres palabritas. Para la ciencia, para Francia, también para los Annales y para mí mismo. Desde hace veinticinco años, Bloch se dirigía a mí cada vez que una dificultad grave se levantaba ante su conciencia de hombre o de sabio. Del mismo modo, yo me dirigía a él cada vez que tenía necesidad de acercarme a un hombre, a un firme juicio de hombre. A veces nos chocábamos, tan cercano y diferentes el uno del otro. Nos echábamos en cara, recíprocamente, nuestro “mal carácter”; después nos reecontrábamos, más unidos que nunca, en el odio común a la mala historia y a los malos historiadores -y a los malos franceses que también fueron malos europeos. Ahora me quedo aquí, como un árbol al que el rayo ha despojado de la mitad de sus ramas. Tanto peor: digo las palabras que él mismo habría pronunciado si nuestros destinos hubieran sido inversos: más que nunca los Annales deben continuar. Esos Annales en los que, hasta su último día de libertad, Marc Bloch no dejó de pensar y de trabajar, robando a su trabajo cansador el tiempo para escribir esas notas, esas últimas notas que, a pesar de las censuras, yo hacía pasar con la firma de “M. Fougères”.
Los Annales continúan. Mientras duren, algo de Marc Bloch permanecerá entre nosotros, vivo, activo, fecundo.
Lucien Febvre

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