Huellas en el basurero de la historia

Los 40 años de El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg, invitan a repasar la ruptura que impulsó la microhistoria en las ciencias sociales

PARA LA NACION

Ilustración: Sebastián Dufour

Ilustración: Sebastián Dufour.

El molinero friulano Menocchio murió en la hoguera en 1599 por disposición del papa Clemente VIII. El líder de la Iglesia no dudaba en quemar a cuanto hereje desafiara el dogma católico, esto es, la explicación del orden natural y espiritual de la existencia. Lo hizo con Giordano Bruno, el matemático y astrónomo ejecutado en 1600, quien se había atrevido a escribir, entre otras aberraciones, que el universo no gira en torno a la Tierra. En los siglos posteriores, ya convertido en mártir, Bruno recibió toda clase de honores: monumentos, grabados y placas conmemorativas, su nombre en fundaciones y en cráteres lunares. Menocchio, en cambio, no pareció dejar nada tras de sí. Nada, excepto las actas de los procesos inquisitoriales que lo condujeron a la pira que le calcinó la piel y la carne hasta matarlo, si es que no tuvo la suerte de asfixiarse primero. Esos registros juntaron polvo durante cuatro siglos antes de que alguien les echara una mirada.

Si ahora resulta posible hablar sobre la muerte de Menocchio, y en particular sobre su vida, es porque hace cuarenta años, en 1976, el historiador italiano Carlo Ginzburg publicó un libro titulado El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. La investigación sobre este ignoto molinero se convirtió en un inesperado éxito editorial; se tradujo a una veintena de idiomas y tuvo montones de reediciones (Ariel acaba de sumar una más). También contribuyó a sistematizar los retazos dispersos que darían forma a la microhistoria, una de las corrientes historiográficas más vivaces del último cuarto del siglo XX. Bajo su sombra, los historiadores asumieron de buena gana el papel de detectives y sabuesos, de rastreadores de indicios, y se permitieron seguir las huellas de narraciones que habían sido descartadas, silenciadas o pasadas por alto. Usaron nuevas herramientas para excavar un viejo problema: la cultura popular.

“Antes era válido acusar a quienes historiaban el pasado de consignar únicamente las «gestas de los reyes». Hoy día ya no lo es, pues cada vez se investiga más sobre lo que ellos callaron, expurgaron o simplemente ignoraron. «¿Quién construyó Tebas de las siete puertas?», pregunta el lector obrero de Brecht. Las fuentes nada nos dicen de aquellos albañiles anónimos, pero la pregunta conserva toda su carga”.

Es el primer párrafo del prólogo y, cuarenta años después, la carga del interrogante todavía no está agotada. La microhistoria se propuso conducir investigaciones intensivas sobre unidades de análisis pequeñas y bien demarcadas: un albañil anónimo de Bertolt Brecht, por ejemplo. Este cambio de escala implicó un cambio en los métodos, en la retórica y en lo que podía ser representado como parte del discurso histórico académico legítimo. Obligó a recordar una pregunta del crítico musical Robert Palmer en Deep Blues, su libro de 1982: “¿Cuánta historia puede contarse tocando la cuerda de una guitarra?”. Y la respuesta de su colega Greil Marcus, una década más tarde, en El basurero de la historia: “Más de la que suponemos”.

Un tipo corriente

Domenico Scandella, conocido como Menocchio, había nacido en 1532 en Montereale Valcellina, en el noreste de Italia. Estaba casado, tenía once hijos, trabajaba en el molino de la aldea. Respondía a la cultura rural de su época, aunque no del todo. Sabía leer y escribir, habilidad inusual para un campesino del siglo XVI, y sus lecturas, además, se antojaban “difíciles” para un tipo corriente de la “clase popular”, o de la “clase subalterna”. El libro de Ginzburg es, en buena medida, una discusión sobre el problema de “la cultura popular”: cómo definirla y abordarla, cómo tratar con los filtros y mediaciones de los documentos que la inscriben, qué relación mantiene con la “cultura hegemónica”.

El primer juicio fue en 1583, cuando Menocchio tenía 51 años. No se amedrentó ante sus inquisidores; estaba deseoso de exponer su interpretación sobre el origen del universo, de expresar sus recelos sobre la virginidad de María y la divinidad de Cristo. Sus reflexiones brincaban del radicalismo religioso al naturalismo científico y, desde allí, a utopías milenaristas de renovación social; eran un guiso desarticulado de referencias eruditas escritas y de saberes campesinos orales, y a la vez, proveían un cuerpo coherente de argumentación. Durante años Menocchio había intentado comunicar estas cosas a sus paisanos; nadie le había puesto mucha atención o lo habían tildado de chiflado. Para el Santo Oficio, en cambio, “estas cosas” podían ser blasfemias que debían tratarse con cuidado.

El título del libro de Ginzburg proviene de una de estas exégesis de Menocchio. O al menos del modo en que quedó asentada. “Yo le he oído decir”, declaró un testigo, “que al principio este mundo no era nada, y que fue batido como una espuma del agua del mar, y se coaguló como un queso, del cual luego nació gran cantidad de gusanos y estos gusanos se convirtieron en hombres, de los cuales el más poderoso y sabio fue Dios, y al cual los otros rindieron obediencia”.

Los jueces no sabían qué hacer con ese molinero. No se retractó a pesar de las palizas; sólo se disculpó por haber comprendido y hablado. Decidieron que el hombre estaba loco y lo encerraron. Un par de años después lo soltaron. Durante una década y media mantuvo un perfil bajo, se ganó el pan como molinero, maestro de escuela, segador y guitarrista, pero a los 67 años volvió a vocear sus verdades. Hubo un segundo juicio, interrogatorios, torturas, Clemente VIII dispuso encender la fogata y del anónimo molinero apenas quedaron cenizas. A diferencia de los herejes famosos, el paso de Menocchio por este mundo se disolvió de la memoria histórica. Confrontado con pensadores doctos que habían conseguido despertar la tirria clerical de su época, ese tipo no había sido nadie.

El historiador como detective

El queso y los gusanos es un libro de ruptura porque permitió demostrar que ese tipo sí había sido alguien. Y la afirmación autorizó la exploración académica de muchos otros individuos cuyas vidas y muertes quedaban habitualmente al margen de La Historia (así, con mayúsculas iniciales). Basta mencionar la primera línea del primer capítulo deLa herencia inmaterial. La historia de un exorcista piamontés del siglo XVII, el libro de 1985 de Giovanni Levi, el otro gran éxito de la microhistoria: “No podemos establecer con exactitud cuánto tiempo hacía que Giovan Battista Chiesa, párroco vicario de Santena, había comenzado su actividad de exorcista y curandero”. Vaya, ¿cuántas novelas desearían tener una primera oración tan buena?

Hay que prestar atención al guiño: lo primero que se dice es que una información no puede establecerse con exactitud. Así se pone distancia del autor omnisciente de la ficción literaria; se recuerda que el historiador debe trabajar con materiales que quizás se extraviaron o que quizás nunca existieron en ninguna parte. También se cuela la tesis de Ginzburg, en su libro El hilo y las huellas, de que “los obstáculos que se interponen en la investigación bajo la forma de lagunas y distorsiones de la documentación deben volverse parte del relato”. La reflexión epistemológica ocurre en el mismo texto. Las limitaciones documentales son un componente de la narración.

La microhistoria formó parte, con coincidencias y desacuerdos, de un diálogo de época en el que se cuestionaron varios paradigmas de las ciencias sociales y humanas de la primera mitad del siglo XX. Resulta inseparable de la descripción densa de Clifford Geertz y otras formas de antropología interpretativa; las corrientes de sociología francesa que intentaron extraer de un mínimo lo máximo posible (Pierre Bourdieu bosquejó una crítica a la violencia de Estado en base a papelerío burocrático); la reflexión sobre los métodos de representación de la antropología posmoderna; la vocación multidisciplinaria de investigadores como Gregory Bateson, quien desarrolló toda una teoría sobre la comunicación al ver dos monitos jugando en el zoológico, o al menos eso dijo; la “historia desde abajo” de historiadores marxistas como E. P. Thompson; los estudios literarios de Mijaíl Bajtín, el interaccionismo simbólico de Erving Goffman y la etnometodología de Harold Garfinkel; las escuelas de estudios culturales que apostaban por la negociación del sentido antes que por el acatamiento vertical ciego. Y por sobre todo, el surgimiento de la semiótica moderna: el “paradigma indiciario”, lo llamó Ginzburg, quien en no pocas ocasiones usó las figuras de Sherlock Holmes, Sigmund Freud y Giovanni Morelli para destacar la relación entre indicios, conjeturas y método científico.

Holmes, indicios, ciencia: el historiador como detective. Es una imagen recurrente en los trabajos de Ginzburg, Levi y muchos otros: “El saber del historiador, como el del médico, es indirecto, basado en signos y vestigios de indicios, conjetural”. Y así debe serlo para revolver el basurero de la historia, a la espera de hallar algún rastro, alguna traza, de los albañiles que construyeron Tebas.

¿Cuánta historia puede contarse revisando las actas del proceso inquisitorial del molinero Menocchio? Ahora sabemos que más de la que suponíamos. Hace cuarenta años, cuando se publicó El queso y los gusanos, todavía había que probarlo.

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