El legado autoritario que yace en nuestra historia

El legado autoritario que yace en nuestra historia

Debates: ¿Cómo y qué recordar este 24 de Marzo?

Federico Finchelstein

El Golpe de Estado ya no es solo memoria de pocos sino historia de todos. ¿Pero qué clase de historia? Hasta ahora la historia propiamente dicha se vio siempre desplazada por las políticas de la memoria. En la década del ‘80, y a pesar del Nunca Más y los Juicios promovidos por el gobierno de Raúl Alfonsín, reinó en la esfera pública la Teoría de los demonios que afirmaba el mito de una sociedad inocente que estaba al margen de los sucesos. Luego con dos décadas de memorias oficiales peronistas, con el menemismo y kirchnerismo, la historia del golpe se presentó primero en los ‘90 como negación de lo sucedido, es decir se negó que la dictadura representó un sistema de exterminio de ciudadanos organizado desde el Estado. Y luego en el nuevo siglo, con el kirchnerismo, como recreación de fantasías que convirtieron a la figura histórica y penal de las victimas en “héroes” cuyo programa anticipaba y justificaba la política peronista del presente.

Es tiempo de elaborar la memoria y la historia del golpe, para pensarlo como objeto y sujeto de reflexión política colectiva. Es necesario explicar sus orígenes, desarrollo y problemáticas consecuencias pero sin mezclar estas tres dimensiones históricas, es decir sin confundir el pasado con el presente. Quizás Argentina esté cerca de ese momento que ya vivieron países como Alemania e Italia a fines de la guerra, en los cuales la república se fundaba como anti-tesis del proyecto hegemónico de la dictadura. Luego de 1945, casi todos los actores políticos europeos rechazaron, por creencia o conveniencia, el legado fascista. En Argentina, en 1983, el peronismo proponía el olvido y la amnistía a los perpetradores, a los que luego absolvería en el gobierno de Carlos Menem. El radicalismo, a pesar de haber sido el principal actor en el enjuiciamiento de los criminales dictatoriales, tampoco puede estar exento de este ejercicio. Como tampoco deberían estarlo la derecha política aggiornada por el actual gobierno, que tampoco puede desligarse de una reflexión sobre la tradición conservadora golpista en Argentina, las FF.AA y el aparato de inteligencia y seguridad que en muchos casos continuó las prácticas represivas de la dictadura.

No es cuestión de pedir perdón sino de establecer las genealogías históricas de la dictadura en la cultura política argentina. Es necesario promover una distancia crítica con nuestro pasado. Impugnar el avance de la justicia o promover las discusiones sobre el número de desaparecidos va en contra de esta iniciativa histórica. Es claro que en estos argumentos hay una lógica de debate, no realmente con el pasado dictatorial sino con el pasado más reciente, el del kirchnerismo. Estas son políticas de la memoria que se diferencian de aquellas de la historia. Los kirchneristas y sus críticos podrían debatir sus políticas independientemente de la dictadura. Lo mismo se puede decir sobre la incomprensible discusión previa a la visita de Barack Obama al país el 24 de marzo. La participación de Estados Unidos en el apoyo a las dictaduras del Cono Sur fue ciertamente un punto importante de apoyo y por supuesto las explica. Pero la acción y responsabilidad de los argentinos en la dictadura es muchísimo mas importante, a la hora de explicarla, que la responsabilidad norteamericana, o la de Francia y su doctrina de seguridad y contrainsurgencia, o yendo más lejos, que Hitler y Mussolini.

Para ponerlo en términos borgeanos, la historia argentina sigue siendo la fuente principal para explicar la historia argentina. Lo opuesto, hablar de héroes, mitificar la violencia política y enfatizar supuestos enemigos externos, forma parte de las metáforas del pasado. El resultado de estas posturas es una versión acrítica de la historia y que exculpa a los propios y los deja bien parados. Y asimismo y esto debemos recordarlo cuando se las usa, esas metáforas nacionalistas y míticas fueron parte del vocabulario político de la misma dictadura. Ya no vivimos ese pasado y es fantasía o demagogia usar sus categorías para pensar la política presente. Ahora podemos criticarlas libremente. El análisis histórico, y el rechazo de sus presupuestos autoritarios puede ser objeto de la reflexión de todos.

Federico Finchelstein es historiador. Profesor y Director del Depto de Historia en la New School for Social Research de Nueva York. Autor de “Orígenes ideológicos de la ‘guerra sucia'” (Sudamericana, 2016).

http://www.clarin.com/opinion/legado-autoritario-yace-historia_0_1543046047.html

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