Francisco Laureana, el sátiro que pasó casi desapercibido en la historia criminal

Por: Fernanda Jara fjara@infobae.com

El accionar del violador y asesino serial que aterrorizó San Isidro en los 70 fue opacado por la situación política y social de la convulsionada época. Lo delató una perra

Existen sólo tres fotografías de Francisco Antonio Laureana (22) y todas fueron tomadas por peritos forenses en la morgue, antes de la necropsia. La mirada fría de su cuerpo sin vida no distaba de la que tuvo mientras vivía, según un testigo que aportó datos claves para realizar el identikit con el que prácticamente se empapeló la zona norte de la provincia de Buenos Aires. Los investigadores le adjudican quince violaciones y trece crímenes, entre 1974 y 1975, pero no pudieron saberlo con certeza porque ese cazador de mujeres y niñas fue acribillado a balazos antes de que pudiera confesar.

Las portadas de los diarios le dieron un espacio a su muerte y lo apodaron “el sátiro de San Isidro”. En esas lineas lo describían como un inhumano que mataba a sangre fría y con absoluta premeditación: señoritas y niñas de ese barrio que tomaban sol en casas coquetas o que esperaban algún colectivo, al igual que las pequeñas que jugaban en los jardines, eran el blanco fácil de aquel maleante. “Fue uno de los criminales que más daño le hizo a la sociedad, peor que Robledo Puch”, reflexionó en una oportunidad Ricardo Canaletti, periodista especializado en policiales, sobre el hombre que terminó baleado en el fondo de una casa ubicada en Esnaola 666.
“La policía de la provincia de Buenos Aires solicita al vecindario, en el caso de observarse circular por las arterias de la zona a personas cuyas características fisionómicas guarden similitud con la imagen, se de inmediato aviso telefónico a la dependencia mas cercana”, decía el texto que acompañaba esta imagen
Laureana nació en Corrientes en 1952, su infancia trascurrió como interno en un colegio católico en la ciudad de Corrientes, fue seminarista en una orden religiosa, lugar del que huyó luego de haber violado y ahorcado a una monja en las escaleras del establecimiento. La dejó colgada del techo con una soga. Luego de eso –quizás su primer crimen– se mudó a Buenos Aires en julio de 1974 y se instaló en San Isidro, donde vendía aros, pulseras y collares que él mismo hacía. Al poco tiempo, fue a vivir con una mujer que tenía tres hijos. “No saques a los pibes porque hay muchos degenerados sueltos”, le aconsejaba.
Casi todos los miércoles y jueves cerca de las 6 de la tarde una mujer o una niña en la ciudad desaparecían y sus cuerpos eran encontrados poco tiempo después en baldíos, con signos de haber sido violadas y asesinadas salvajemente: las estrangulaba o las baleaba con un revólver calibre 32, contó el escritor Rodolfo Palacios en un articulo sobre “el asesino puntual”.
Su modus operandi incluía el robo de objetos personales de las victimas, como un anillo, una pulsera, una cadenita, etc., que guardaba como un trofeo en una bota que tenía en la casa que compartía con su mujer e hijos. Quienes analizaron su conducta aseguraron que “en ocasiones regresaba al mismo lugar para revivir el momento del crimen”. Señal de una mente morbosa y siniestra.
El crimen más aberrante
 
Dos niñas de 5 y 7 años, hijas de un matrimonio joven, fueron asesinadas a fines de enero de 1975. Una tarde, alrededor de las 17:30, la madre de las pequeñas había salido a hacer las compras por los comercios cercanos y al regresar se encontró con el peor panorama: el cuerpito de Carmen, su hija de 5 años, estaba tendido en el suelo del comedor con signos de haber sido estrangulada. Presa de un ataque de nervios, salió a la calle a pedir socorro a sus vecinos y al retornar con ellos a la casa vio que en la cama matrimonial yacía el cuerpo de Nora, su otra niña de 7 años. Tenía una almohada tapándole la carita. Al quitarla vieron que un disparo en la frente la había matado.
Unas horas más tardes, una vecina declaró a la policía que había escuchado un ruido en aquella vivienda y que se acercó para ver qué pasaba, pero solo vio a un hombre alejarse de esa casa. “Como levantó la mano para saludar creí que sería uno de los tíos” de las menores. Cuando mataron a Laureana, la testigo fue a la morgue y lo reconoció como la persona que vio aquel día.
“Jamás olvidaría ese rostro”: identikit y caída del “sátiro”
Hubo un testigo clave en este caso: el hombre que se topó con Laureana luego de que cometiera uno de sus aberrantes crímenes. Lo vio saltando un techo y recibió varios disparos como respuesta, pero resultó ileso. De inmediato, aportó datos para que se dibujara el identikit y de ese modo poner en alerta a toda la sociedad. Había un asesino y sátiro suelto. “Jamás olvidaría ese rostro y esa mirada”, aseguró a los peritos que lo dibujaron.
“Altura: 1,70; andar: ágil y esbelto; acento: norteño o de país limítrofe”, decía la descripción del retrato policial, dibujo gracias al cual finalmente cayó luego de haber sido reconocido por una vecina que lo vio merodeando su casa. “(…) una mujer domiciliada en Tomkinson observó en actitud sospechosa detrás de un alambrado a un individuo joven que vestía de sport. El sospechoso había entrado por un camino, propiedad de la mujer, que colinda con una mansión en cuya pileta de natación había mujeres y niñas bañándose”, informó el caso la revista policial Asípublicada el 4 de marzo de 1975. Esa misma publicación detalla el accionar delictivo y levanta testimonio de quienes fueron protagonistas de la redada. Dijo entonces el sargento Domingo Ledesma: “Era ágil y saltaba los cercos como un gato, pero no pudo despistarnos; (…) lo seguimos hasta que lo vimos desaparecer en una casa de la calle Esnaola”, donde minutos después fue abatido.
Rina, la perrita que ayudó a la policía a encontrar a Francisco Laureana, junto al casero que fue testigo de la muerte del delincuente.
Por su parte, el casero de ese domicilio, Ciro Sandoval, mostró el lugar donde Laureana murió y aseguró a la revista: “Mi perra marcó el lugar donde se había escondido el delincuente”. Y así fue. El hombre se escondió, primero, en el parque de la vivienda que estaba rodeada de árboles; luego buscó refugio en una habitación externa de la casa que usaban de depósito de víveres y donde había algunas gallinas. Fue allí donde Rina lo “marcó” y comenzó a ladrar hasta que los efectivos lo vieron y dispararon. Nunca pudo saberse si hubo un enfrentamiento o si Laureana estaba desarmado. “Mi perrita marcó un bulto y entonces se escuchó un disparo. Ahí estaba, bañado en sangre. Irreconocible”.
 
“Era un buen hombre”
La mujer de Francisco Laureana declaró que jamás vio actitudes sospechosas ni extrañas en su marido. “Lo único malo de él era que ‘conducía como un loco’ un viejo Fiat, por lo que nadie lo quería acompañar. (…) Cada vez que salía me pedía que cuidara a los chicos ‘porque hay muchos locos sueltos en la calle'”. Al momento de allanar su casa, en el interior de una bota, encontraron los anillos y aros que había robado a sus víctimas y que celosamente guardaba para recordarlas.
En ese mismo tono se expresaron la hermana y la madre del hombre que fue abatido: “El rostro del identikit en nada se parece a mi hermano (…) solo yo sé que Francisco era un excelente hermano y muy buen padre de familia”, dijo a la revista Así la joven. Por su parte, la mujer se quejó sobre el accionar policial: “Tendrían que haberlo interrogado en vez de matarlo, pero ahora estando muerto quién sabe si es él el sátiro que buscaban. Mi hijo fue inocente”.
El destacado perito forense Osvaldo Raffo estuvo a cargo de practicarle la necropsia. En las imágenes (arriba de este texto) se lo ve midiendo la altura del criminal y esa imagen es altamente impactactante: Francisco Antonio Laureana murió con los ojos abiertos. Su mirada fría y penetrante, quizás la misma que vieron sus victimas, quedó para siempre congelada en el tiempo.
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Los hechos que sucedieron después se relatan en la revista “Así la luna y el mundo en sus manos” publicada el 4 de marzo de 1975.
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