Ricardo III era bueno

De EL MUNDO

Reinó apenas dos años (1483-1485), pero su leyenda negra ha pervivido durante cinco siglos. Fue el último monarca inglés en morir en el campo de batalla y el único enterrado de cualquier manera. Vilificado por Shakespeare como «un ser repugnante, deforme e inacabado», se convirtió en la temible reencarnación del villano universal.

El péndulo de la historia se pone ahora del lado de Ricardo III. El último monarca de la Casa de York es reivindicado estos días como el héroe de Leicester, donde murió «luchando como un valiente ante la presión de sus enemigos». Llegó a matar al portaestandarte de Enrique Tudor antes de caer abatido.En el último momento culpó de su derrota al barón Stanley: «Traición, traición, traición»…

Todo está listo en Leicester para el acto final del rey encorvado. La vetusta ciudad, en el corazón de Inglaterra, es desde ayer el decorado a este drama histórico que arrancó con el paseo del féretro y sus restos mortales, encontrados hace tres años cuando se construía un aparcamiento sobre las ruinas de la abadía deGreyfriars.

La escenificación, comparable a la de un funeral de Estado, culminará el jueves con el reentierro del monarca en pomposa ceremonia transmitida en directo por televisión. Isabel II delegará su presencia en la condesa de Wessex, Sophie Rhys-Jones. Al fin y al cabo, el de Ricardo III será el primer funeral por un rey muerto desde 1952, cuando fue enterrado el rey Jorge VI.

Ricardo III yacerá encapsulado en un sarcófago de piedra caliza de Swaledale, con una profunda cruz incisa, sobre un lecho de mármol oscuro de Kilkenny. Sus restos reposarán finalmente en un ala de la catedral de Leicester y junto al viejo «juramento de lealtad» (‘Loyaulte me lie’) a modo de escueto epitafio.

Entre tanto, la población de Leicester está dividida entre ricardianos -que consideran que ya era hora de devolver la dignidad al «rey difamado»- y los escépticos que aseguran que estamos ante «un montaje» para mayor gloria de la monarquía inglesa. La redención del rey más odiado por los británicos podría dar para una nueva tragedia… Este es el ‘dramatis personae’.

El ‘ricardiano’ mayor. Nada de lo que está ocurriendo estos días habría sido posible sin la generosa contribución de John Ashdown-Hill. El venerado historiador, autor de Los últimos días de Ricardo III, se empeñó en rebatir el mito de que el cadáver del rey había sido lanzado por una multitud enfurecida al río Soar y demostró con datos fiables que fue realmente enterrado en la abadía de Greyfriars, en los terrenos ocupados por un triste aparcamiento.

La recalcitrante. Philippa Jayne Langley tuvo la extraña sensación de «estar pisando la tumba de Ricardo III» en un lugar muy concreto del ya famoso parking. La secretaria de la rama escocesa de la Sociedad de Ricardo III (creada en 1924 para lavar la imagen del monarca) fue el alma del proyecto ‘Looking for Richard’, en el que acabaron involucrándose los reputados arqueólogos de Leicester.

El ‘otro’ Richard. El arqueólogo-jefe Richard Buckley tenía también la sospecha de que su tocayo estaba enterrado en el lugar que ocupó en tiempos la abadía: «Muchos conocíamos esa conexión, pero ni por un minuto podíamos imaginar que tuviéramos la oportunidad de investigarla». Las excavaciones arrancaron en agosto del 2012 y el esqueleto 1 apareció a las primeras de cambio, como si estuviera esperando.

La osteóloga. El esqueleto cayó en manos de Jo Appleby, osteóloga de la Universidad de Leicester, que no tardó en identificar los restos como pertenecientes a un hombre de poco más de 30 años (Ricardo III tenía 32 al morir), de 1,74 de altura y con una ostensible escoliosis lateral, que sin embargo no se manifestaba como una joroba sino como una descompensación entre los dos hombros.

El pariente. Para confirmar a ciencia cierta si se trataba de los restos de Ricardo III era necesaria la prueba del ADN. Como el rey no tuvo descendencia, se tiró del árbol genealógico de su hermana, Ana de York. Y así se llegó hasta el ebanista canadiense Michael Ibsen, afincado en Londres. En pago por sus servicios, Ibsen recibió el encargo de hacer el ataúd a su ancestro en madera de roble inglés… «Tiene una bella resonancia esto de hacer un ataúd para un pariente lejano».

El alcalde peleón. Tras el histórico hallazgo, Leicester y York libraron un pulso histórico por quedarse con los restos. Venció la batalla el acalde Peter Soulsby, empeñado en convertir a Ricardo III en atracción turística. Se espera que más de 100.000 visitantes desfilen en un año por el museo construido en su honor junto al aparcamiento.

El reverendo irreverente. «No queremos un pastiche medieval», fue la clarísima orden que impartió el reverendo David Monteith, decano de la catedral de Leicester, que oficia estos días como maestro de ceremonias: «Queremos algo que refleje el momento en que va a ser enterrado Ricardo III, en pleno siglo XXI».

La redentora. Annette Carson, autora de ‘El rey difamado’, es posiblemente quien más ha hecho por lavar la reputación de Ricardo III. Carson cuestiona las dos principales acusaciones: la usurpación del trono y el asesinato de sus sobrinos Eduardo y Ricardo. La autora recuerda estos días el papel del rey como mano derecha de su hermano, el rey Eduardo IV, y destaca la reputación ganada en poco tiempo en el norte de Inglaterra por impulsar «reformas legales en beneficio de la gente común».

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